miércoles, 15 de agosto de 2012

Un Día Después del Sábado

En un dia despues del sabado se nos cuenta un hecho fantástico; acuciados por el calor tórrido, los pájaros penetran en las casas para morir. Acompañan la historia las alucinaciones del párroco del pueblo y de Rebeca Buendía, así como la visita de un forastero que pierde el tren.
Comenzaría el relato al enterarse la viuda Rebeca de la destrucción de las alambreras de la casa ocasionadas por los pájaros en su afán por morirse dentro de las casas, tratando de escapar a un destino que no era ajeno a ellos; se trasladaría a la alcaldía entonces y viendo que sobre el escritorio del alcalde yacían pájaros muertos, regresaría a su casa con la impresión viva en su memoria, y no solo en la de ella, sino en la de todo el pueblo, del espectáculo de la mortandad en serie. El olor de la muerte lo percibiría el padre Antonio Isabel aquella noche del viernes cuando lo sintió nauseabundo, haciéndole recordar el momento cuando leía los clásicos griegos, pero una extraña ráfaga de lucidez se apoderaría del padre cuando vería hacia el norte –estando en la estación del tren- por encima de los techos de zinc, manchas de gallinazos que nuevamente le harían recordar sucesos acontecidos en el seminario cuando era ordenado, asociando los acontecimientos y llevándole a concluir que era el presagio en forme de hombre que se mencionó al principio. La llegada del joven al pueblo con aquel aire taciturno, andrajoso y con un sombrero que no se quito siquiera en el templo, coincidiría con el día en que ocho horas más tarde le daría la extremaunción a un moribundo, siendo el suceso comprobatorio de la teoría del padre disparatado, que años antes aseguraba haber visto al diablo en tres ocasiones, razón suficiente para alejar a su feligresía del templo. La Iglesia en donde a la hora de la misa dominguera el cura iniciaba el sermón con el único asistente al cual el padre lo dedicaba, se fue abarrotando inexplicablemente, recuperando la feligresía la fe perdida y recogiendo el muchacho que pasó la raqueta, aunque por el tiempo sin usar se había extraviado y recurriendo a una bolsa donde recogieron bastante dinero para dárselo, según las instrucciones del padre, al muchacho taciturno y tímido, que por una circunstancia particular, recibiría aquel premio para comprarse tan solo un sombrero que desterraría la influencia maligna del pueblo. ¡Afortunado!, su madre lo envío para la tramitación de la jubilación e inesperadamente, en un pueblo no conocido y del cual no sabría su nombre, se iba con las manos llenas por las locuacidades de un cura que lograría su propósito de devolverle la fe a su rebaño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario